Por Elvira Blanco
@elvira_blanco
Mi historia con el teatro no es muy larga; de hecho, tal vez sea demasiado corta,
interrumpida e inconstante. De pequeña me llevaban con frecuencia a ver obras para niños en teatros para niños; la mayoría de ellas eran como episodios de series de televisión. Los actores solían bajarse del escenario en algún punto e interactuaban con la audiencia, preguntando cosas o pidiendo la ayuda de algún voluntario. Eso me daba miedo, no obstante me gustaba ir al teatro.
Cuando ya estuve grandecita para ir a ver Las aventuras de los Power Rangers, dejé de prestarle atención al teatro. En el colegio tenía amigas teatreras y, por supuesto, iba a ver sus obras y la pasaba muy bien; pero aún así nunca me llegó a interesar mucho más que el simple hecho de ir a verlas. Participar en alguna obra como lo hacían ellas nunca me pasó por la cabeza.
Durante ese tiempo mi relación con el teatro no era precisamente romántica. A diferencia de la mayoría de las personas involucradas en el teatro, mi epifanía teatral no tuvo nada que ver con mi infancia, ni con mis experiencias escolares, ni con esos años que “supuestamente” son los mejores de tu vida; no, el verdadero detonante de mi interés por ver lo que pasaba sobre las tablas fue un libro que compré a los 16 años en un viaje a Europa: un pequeño paperback con dos obras de Tennessee Williams.

El contenido del libro no importa mucho en esta historia, lo realmente importante es que en esas páginas leí por primera vez un teatro que me movió alguna fibra, y que tuvo la suficiente fuerza para hacerme querer verlo sobre un escenario, me abrió los ojos al potencial comunicativo del teatro: una comunicación única, honesta, casi tangible, pero obviamente todo un arte difícil de lograr.
Me tocó comenzar a entender el teatro así, de forma aislada y casi hipotética. Ahora me corresponde encontrar sobre las tablas ese valor que encontré en el papel. ¿Existe realmente un teatro más frívolo que otro? Y si existiera ¿importa acaso la diferencia? Seguramente sí, pero no creo que uno vaya en detrimento del otro. Las posibilidades son infinitas, y queda mucho –muchísimo- teatro por ver.